Literatura programática o imperativa

Glosario


[…] donde cuanto se escribe es contra el arte…
Félix Lope de Vega, Arte nuevo de hazer comedias en este tiempo (1609, v. 135).

El teatro, la literatura, el arte han de crear, por el contrario, 
la “superestructura ideológica” para las transformaciones reales 
y efectivas en el modo de vivir de nuestro tiempo…
Bertolt Brecht, Escritos sobre teatro (1957/2004: 63).

                                                                                          

José Saramago y Fidel Castro*
Literatura programática o imperativa es aquella que se construye sobre un racionalismo acrítico, es decir, que sus artífices, obras y agentes trabajan en la combinación de tipos de conocimiento racional y modos de conocimiento acrítico. Sus saberes y contenidos son propios de sociedades políticas muy avanzadas y sofisticadas (Estados e Imperios), que hacen, allí donde conviene, un uso adulterado, esto es, acrítico, del conocimiento racional. De este modo, reemplazan los referentes de la Literatura crítica o indicativa —racionalismo, desmitificación, Ciencia y Filosofía— por sus respectivas adulteraciones o devaluaciones, que, en la Literatura programática o imperativa, se corresponden con las Pseudociencias, las Ideologías, las Tecnologías y la Teología. Se observa fácilmente que estas cuatro formas de conocimiento son el resultado del uso acrítico del racionalismo, es decir, del aprovechamiento deturpado del avance de la razón. Se razona, pero sin criticar. Esta es la base de la sofística: la argumentación acrítica. Sofista es el que convence con argumentos falsos. El que razona con paralogismos, movido por intereses crematísticos, naturalmente. Para él —o ella— es más importante tener éxito que tener razón. Pero el sofista es siempre una criatura muy racional. Y muy astuta. Retórica y artería son los instrumentos de su voluntas fallendi, de esa voluntad tan suya de engañar, y que está en la base de toda mentira, desde el hecho de silenciar (la crítica de) verdades necesarias al conocimiento hasta el acto de comunicar impunemente falacias que desembocan en un tercer mundo semántico. Con todo, no hay que asumir ni afirmar que la denominada Literatura programática o imperativa sea siempre e invariablemente una sofistería, pero sí que, en todos y cada uno de sus casos, es el resultado de un uso acrítico de la razón.
Los ejemplos de literatura programática o imperativa son innumerables, pero sin  duda los más expresivos y normativos son aquellos en los que la Literatura se reduce a ser un soporte o plataforma de contenidos referenciales que se sirven de ella —así como de sus agentes y recursos más industriosos (autores, lectores, críticos, traductores, intérpretes, profesores, reseñadores…)— para la particular promoción de intereses personales o gremiales, ajenos, en sus motivaciones y consecuencias, a lo que la Literatura es: construcción, comunicación e interpretación crítica de ideas objetivadas formalmente en materiales literarios y artísticos. En tales condiciones, la Literatura se reduce a un mero adjetivo de contenidos que, en la mayoría de los casos, son por completo irrelevantes para la propia Literatura, la cual se desvanece en la medida en que se adjetiva acríticamente, al servir de soporte o pantalla publicitaria de ideologías, pseudociencias, teologías o tecnologías circunstanciales más o menos duraderas.
Y hay que subrayar, con insistencia, que la Literatura programática o imperativa no se manifiesta solo y siempre metaméricamente, es decir, en obras literarias que son por entero, de forma única y absoluta, de principio a fin, idearios, programas, manifiestos o prontuarios textuales en los que se codifica una ideología (Pablo Neruda, Bertolt Brecht, Gabriel Celaya…), una teología (Dante, Calderón, Milton…), una visión pseudo-científica del mundo (Marinnetti y su Manifiesto futurista, Breton y su Manifiesto surrealista…), o una interpretación demagógica de determinadas tecnologías (a favor o en contra de la energía nuclear, la telefonía móvil o las tabletas informáticas, por ejemplo). No, la Literatura programática o imperativa se manifiesta también, y sobre todo, de forma diamérica, de modo que dada una obra literaria, no toda ella, no en su totalidad —lo que implicaría una concepción metamérica—, sus objetivos son puntual o parcialmente —pero no enteramente— programáticos, imperativos, acríticos o adjetivos de ideologías sociales, credos religiosos o fideístas, retóricas sexuales o indigenistas, discursos etnocráticos o clasistas, esto es, de un modo u otro, falsificaciones acríticas del conocimiento histórico, científico o filosófico. No. La mentira, para ser más eficaz, ha de estar mezclada con verdades. Porque la ilusión siempre resulta más engañosa en la realidad cuanta más evidencia parece alcanzar en la mente de un receptor. Y el engaño, la falacia, el ilusionismo, la seducción, son formas retóricas que requieren siempre el apoyo y el auxilio de la razón, la cual, divorciada de la crítica, adultera y degrada el conocimiento —en este caso— de la Literatura. Debe quedar, pues, muy claro, que la Literatura programática o imperativa es, ante todo, más diamérica (relaciones entre partes) que metamérica (relaciones entre totalidades enterizas), es decir, se manifiesta con mayor frecuencia en partes formales, secuencias y fragmentos de materiales literarios —desde las declaraciones, discursos y formas de comportamiento, sobre todo verbal, de sus autores, promotores y reseñadores— que en la construcción de obras literarias absolutamente programáticas de principio a fin. Por esta razón podría incluso hablarse de una Literatura programática metamérica, en la que la totalidad de la obra persigue imperativamente un fin preceptivo, un ideario estético, ideológico o religioso, como el Arte nuevo de hazer comedias en este tiempo (1609) de Lope de Vega, la poesía social de Gabriel Celaya, o la literatura ideológica de Pablo Neruda, por no mencionar melodramas martirológicos auriseculares como El príncipe constante (1629) de Calderón, o los varios manifiestos dadaístas, futuristas, creacionistas y surrealistas de Tzara, Marinnetti, Huidobro y Breton en las vanguardias del siglo XX. En consecuencia, habría que distinguir también una Literatura programática diamérica, en la que es posible observar e interpretar como programáticos y acríticos determinados pasajes o intertextos, explícitos en obras cuya estructura global rebasaría la reducción a una ideología política, un credo religioso o una preceptiva estética. Es el caso, por ejemplo, de obras como la Divina commedia de Dante o Paradise Lost de Milton, o la totalidad —el holema—  de la obra dramática de Lope de Vega, materiales literarios todos ellos en los que la complejidad y riqueza de ideas críticas rebasa estructuralmente el planteamiento programático nuclear y originario.
En suma, diremos que la Literatura programática o imperativa sirve a un racionalismo acrítico, sofista e idealista. Es una literatura hecha desde el adulterio, o adulteración, de la razón, que queda desposeída de sus competencias y posibilidades críticas. Es, en suma, una literatura que nace de una voluntad sofista y de un uso demagógico de las posibilidades conquistadas por el pensamiento humano, el cual, neutralizada o desvanecida la crítica, queda subordinado a los intereses de una ideología, un credo, un grupo o lobby al que mueven específicamente propósitos gregarios y crematísticos. Surgen así productos, no siempre estéticos, en los que la literatura suele servir herilmente de pretexto para difundir contenidos ajenos al arte, de modo que los materiales literarios adjetivan formas completamente insolubles en ellos, pero tan variadas como atrayentes: “literatura infantil” (que es un invento de editores y pedagogos para vender libros a padres y educadores), “literatura feminista” (que no existe sino como reclamo ideológico y sexista en el contexto de una actividad comercial, editorial y académica), “literatura religiosa” (desde la cual se hace propaganda de una fe, como la católica o la protestante)[1], “literatura comprometida” (que alcanza su máxima expresión en la mitología marxista sui generis de un Sartre o en la escritura narrativa de un Camus ad usum de revolucionarios de salón), e incluso podría hablarse de una “literatura ecologista” (pero no sé si los llamados, con su propio consentimiento, “Verdes” se han ocupado todavía de la literatura pastoril, o si tienen interés por las Bucólicas de Virgilio, la Arcadia de Sannazaro, Los siete libros de Diana de Jorge de Montemayor o La Galatea de Cervantes: de cualquier modo, no conviene confundir un género literario —la novela pastoril— con el uso retórico de una ideología en curso —la propaganda ecologista—). Sea como fuere, el uso adjetivo de la Literatura  suele desembocar en discursos imperativos, de contenido sofista, destinados a preservar o potenciar acríticamente los intereses gregarios de grupos sociales, políticos, religiosos, ideológicos, etnocráticos, feministas, financieros, solidarios, ecologistas, oenegeístas, etc. La llamada “literatura comprometida”, que busca su originalidad y valor en la crítica “a la derecha”, es completamente acrítica cuando construye esa supuesta crítica “a la derecha” desde la supresión o disimulación de toda crítica “a la izquierda” —y viceversa—, de modo que termina por preservar a una opción ideológica, la suya propia, de todo enfrentamiento con la interpretación dialéctica efectiva y con la realidad categorizada por las ciencias.
La literatura programática cumple imperativamente con un programa o ideario gremial, religioso, gregario e ideológico, propio de un credo, un lobby o un movimiento social, étnico o sexual cualquiera. Es el caso explícito de los lesbian studies o gay studies. Es, en realidad, una literatura adjetiva, donde lo literario es un mero soporte o plataforma de comunicación o promoción que sirve para objetivar o sustantivar un supuesto compromiso social, un imperativo confesionalismo moral o religioso, una falsificación o deturpación de conocimientos científicos, o la expansión comercial de un medio de difusión, como por ejemplo el uso de Internet, o de cualesquiera otros procedimientos tecnológicos, para convertir en literatura todo lo que se exprese a través de estos recursos (blog “literario”, historietas y simplezas varias, cosas para emotivo divertimiento de espectadores de pantallas internáuticas sin formación definida, pero con mucha ansiedad y tiempo libre disponible, en busca de comentarios que añadir a las páginas webs “amigas”, o a las noticias de prensa, donde el narcisismo y la agresividad, mutuos y alternativos, constituyen el ejercicio más recurrente).
La literatura que se reduce a tecnología no puede conceptualizarse propiamente como Literatura. Habrá que demostrar que el soporte tecnológico del que se sirve no se usa para maquillar su falta de formas y materiales literarios. La denominada literatura digital, o literatura publicada en Internet, blogs y otros soportes de red internátuica, elude uno de los materiales literarios fundamentales, el transductor, y pretende declarar por sí sola un valor literario que tendrá que justificarse y demostrarse a partir del juicio no solo de una cantidad estadística de lectores, sino de una cualidad comprobada de interpretaciones críticas suficientemente contrastadas y enfrentadas entre sí. A priori, la literatura digital es sospechosa de eludir y disfrazar el juicio del intérprete, al sustituir la historia de su recepción crítica por el cálculo estadístico de la consulta internáutica. En la llamada literatura digital, el autor y el transductor suelen ser la misma entidad, lo que provoca una endogamia en el proceso de expresión, comunicación e interpretación de los materiales literarios.
El esquema de la Literatura programática o imperativa se corresponde con el modelo que Bueno (2004) adscribe a la filosofía idealista, y que aquí asignamos a este tipo de literatura acrítica y adjetiva:

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Mi Ì E Ì M

Gustavo Bueno
Obsérvese que en el Idealismo filosófico, al igual que en la Literatura programática o imperativa, el Mundo no interpretado (M) es la premisa o punto de partida del sistema de pensamiento. Este modelo de filosofía es de manufactura típicamente alemana, y encuentra en Lutero a uno de sus principales precursores y artífices. Procede por subrogación y por subversión del modelo de filosofía medieval [Mi Ì Ì E]: por subrogración de Dios por el Ser humano como Ego trascendental (E) —ahora es el Hombre quien toma conciencia del Mundo interpretado (Mi), frente a Dios—, y por subversión de su lugar en el sistema de pensamiento —el Ego deja de ser la premisa de partida para ser su punto de articulación fundamental en el proceso, y convertirse de este modo en el obrador que centraliza toda posible interpretación frente al Mundo y sus fenómenos. Este modo de pensar tiene como finalidad salvaguardar la Fe de los “peligros” de la Razón, poniendo la creencia individual a buen recaudo, de forma tal que la conciencia del sujeto particular siempre pueda alegar su “derecho natural” a imponerse a las normas de una colectividad mayoritaria, externa y ajena. Dicho de otro modo: el Papa tendrá (la) Razón, pero Lutero tendrá (la) Fe. Y la Fe, la creencia, la conciencia, la imaginación, en suma, es mucho más importante que la Razón, las normas o incluso la realidad misma, y de facto más importante que las obras, que los propios hechos (que al decir de Nietzsche no existirán, porque solo es aceptable hablar de interpretaciones, ¿fundamentadas en qué?), y, por supuesto, la Fe será mucho más importante que la castigada y negada —por el protestantismo— libertad humana. Lutero justifica de este modo la libertad, sí, pero la libertad de imaginar al margen de la realidad: la tan cacareada “libertad de conciencia” es, para el Protestantismo, el producto más sofisticado de la imaginación humana. He aquí la auténtica cara de lo que desde la Reforma se ha dado en llamar precisamente así, la “libertad de conciencia”: una “libertad” que no se materializa en hechos legales y normativos, sino que se convierte en la ilusión más estimulante de nuestra imaginación individual y de los deseos de la más humana intimidad. La libertad luterana es una libertad de corral. Freud tenía el camino muy transitable, desde Lutero y Nietzsche. Y la habilidad de su retórica se lo permitió[2]. La supremacía de la filosofía kantiana, esto es, los fundamentos del Idealismo alemán, pretendió entre sus más preciados objetivos salvar la Teología cristiana de la trituración a la que el Racionalismo científico de la Ilustración la estaba sometiendo. Al final de sus tres críticas, Kant consigue justificar científicamente la totalidad de los procedimientos característicos de las llamadas “ciencias naturales”, dejando al descubierto, desde los presupuestos del Idealismo, los flancos y fragilidades de las “ciencias culturales”, mientras que la Teología quedaba reducida a una retórica o, en el mejor de los casos, a una Escolástica. Con todo, el Idealismo alemán había conseguido imponer un hecho fundamental, iniciado con Lutero y consolidado con Herder, Kant y Hegel: la secularización de la Teología cristiana bajo la forma de una “cultura laica”. Si Marx en su momento pudo afirmar que “la religión es el opio del pueblo”, no en vano hoy Gustavo Bueno puede sostener que “la cultura es el opio del pueblo”.

La transformación o subversión más importante que la filosofía experimentará en la Edad Moderna la pondríamos en la “destitución” del E [Ego] medieval (de la Revelación) del puesto supremo que ocupaba en la ordenación básica precedente, y esta destitución puede ponerse en correspondencia con el llamado “racionalismo de la modernidad”, un racionalismo definido precisamente como negación de toda autoridad relevante, en cuanto canon o norma de la filosofía o de la ciencia. Aquí pondríamos la subversión, más que en el supuesto individualismo de la época moderna; pues este individualismo es una relación entre los hombres, más que una relación entre los hombres y el mundo. La subversión habría comenzado con la Reforma, cuando Lutero niega la autoridad del Papa y de la tradición eclesiástica, y cuando concibe la Revelación como proceso que tiene lugar a través de cada conciencia humana identificada con el Dios que sopla en ella (Bueno, 2004: 1).

Esta tendencia, tan propia del idealismo de los modelos de pensamiento manufacturados en Alemania, a dotar al individuo de una convicción en virtud de la cual tiene derecho natural a creer en lo que quiera y como quiera frente a toda norma, así como a leer como libremente desee cualquier texto —porque la fe en sus ideales está por encima de la razón de cualquier colectividad ajena (ajena, porque se exige a una sociedad que someta su razón, sin cuestionarlos en absoluto, a los imperativos fideístas de sus dirigentes, de modo que la libertad consistirá en adaptarse a los imperativos categóricos de la mayoría)—, es decir, a interpretar como le dé la gana cualquier hecho, es algo que se ha visto confirmado en la obra poética y retórica de sofistas como Nietzsche, y en la Teoría de la Literatura de fines del siglo XX en los escritos de Hans-Robert Jauss (Maestro, 2010). La posmodernidad no ha hecho más que darle vueltas una y otra vez a estas mismas ideas, confitadas con ingredientes de moda, para facilitar su digestión en las mentes más simples (cuestiones de “género” —palabra que usan las lenguas anglosajonas para no llamar al sexo por su nombre—, ecologismo trascendental, defensa violenta del pacifismo, organizaciones terroristas criminales que asesinan en nombre de la segregación pseudonacionalista, triunfalismo del discurso etnarquista, etc…) (González Hevia, 2004; Perednik, 2006; Santiago Sánchez, 2010). Todo esto es lo que sucede cuando se parte metafísicamente de un mundo que se ignora (M) y a la vez se dota al sujeto individual de plenos poderes, como si reemplazara a un auténtico dios, para interpretar, desde la conciencia más subjetiva, lo que verdaderamente es la complejidad del mundo real y efectivamente existente (Mi), cuya ontología se niega o se cancela (“no hay hechos, sino solo interpretaciones” o “todo es texto”, como dirán Nietzsche y Derrida). Idealista es el que se toma la ficción en serio, es decir, el que empieza por creerse las mentiras ajenas y acaba creyéndose las propias. El idealismo es la forma más eficaz de perpetuarse en la vivencia de un tercer mundo semántico. Es también la forma más directa de postular una utopía que, como todas, acaba por desembocar en un matadero. De Lutero a Auschwitz hay mucha menos distancia de la que se cree[3].

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Mi Ì E Ì M


La Literatura programática o imperativa constituye la tercera de las secuencias de la Genealogía de la Literatura, al desarrollarse siempre como consecuencia del uso acrítico de la razón, lo que la convierte en una especie de Literatura parasitaria, paratextual o hipotextual de la Literatura crítica o indicativa, de cuyo Logos o Razón se servirá total o parcialmente —esto es, metamérica o diaméricamente—, pero siempre desde la segregación, disolución o neutralización de toda dimensión crítica. La Literatura programática será siempre posterior a la Literatura crítica, porque necesita disponer de la razón estructurada críticamente en unos materiales literarios preexistentes, que con frecuencia resultan canónicos o basales, y siempre de referencia, es decir, de segura difusión entre un público al que se pretende acceder, para actuar sobre ellos sirviéndose del racionalismo que estos materiales le proporcionan, y utilizarlo en beneficio de intereses propios de clase, personales (autologismo: el yo individual) o colectivos (dialogismo: el nosotros gremial), y en defensa de ideologías gregarias, de fideísmos y credos religiosos, de identidades indigenistas (que en el fondo solo disimulan y ocultan formas de vida primitivas, con frecuencia degradadas, e incompatibles con el racionalismo crítico contemporáneo), de privilegios sexistas, nacionalistas o etnocráticos. Así es como se desposee a la Razón de sus facultades críticas, a través de una retórica que adultera la poética, de una demagogia que hace posible el éxito de la voluntas fallendi —engaño consentido o inapreciable—, y de una sofística que dispone el aliciente de la más seductora falacia.




Las Ideologías, como la Teología y las Pseudociencias, comprometen la Literatura. ¿Con qué? Con contenidos que formalmente no son solubles en los materiales estéticos, sino que se mantienen sustantivamente como implantes o prótesis grumosas en ellos injertos, trasplantados o superpuestos, pero siempre identificables, disociables y separables. Las Ideologías han comprometido la literatura de todos los tiempos, desde la configuración de utopías hasta el mito de la poesía social, el feminismo, las etnocracias, los nacionalismos, etc.; las  Pseudociencias han propiciado todo tipo de géneros, entre los cuales los relativos a la ciencia-ficción resultan ser siempre los más populares; la Teología —católica y protestante— ha dado lugar a lo más célebre de la literatura confesional europea, desde Gonzalo de Berceo y Dante Alighieri hasta Calderón de la Barca o John Milton, pasando, entre otras innumerables formas, por la literatura homilética cristiana, que en sus modelos más arcaicos encontraría su orígen en los ‘aggadah de la Literatura primitiva o dogmática; asimismo, las hoy denominadas “nuevas tecnologías” tratan de justificar la existencia de un nuevo “género literario” —la literatura en Internet—, determinada más por el medio que hace posible su supuesta difusión que por los contenidos efectivamente literarios que en ella pudieran objetivarse y formalizarse, desde el momento en que toda literatura internáutica intenta eludir la exigencia del intermediario —crítico, intérprete o transductor—, con objeto de llegar directamente a un público cuya efectividad interpretativa y crítica está por demostrar. En la literatura genuinamente internáutica, la que nace en las páginas de internet, el autor y el transmisor (transductor) son la misma persona, la cual asume también con frecuencia funciones de crítico o intérprete de sí mismo. El resultado es una supuesta literatura que se sustrae, inicialmente, a la crítica institucional, es decir, a aquella entidad que, histórica y geográficamente, dispone para los demás lo que es literario y lo que no lo es. El lector de la literatura internáutica todavía no ha demostrado su potencial crítico, sino, en todo caso, solo estadístico, lo cual no es, por el momento, sino el dato de una relatividad absoluta, en el seno de un mercado de consumo informático económicamente irrelevante, desde el punto de vista de una producción literaria siempre supuesta.
La Literatura programática o imperativa tiene una cita inexcusable con la Política. Si la Literatura como tal es inconcebible al margen de una sociedad política o Estado —que, aunque no la haga posible, pues hay literatura en sociedades humanas bárbaras o preestatales, sí la hace legible, codificable e interpretable, en términos de conocimiento institucional, crítico o científico—, la Literatura programática o imperativa representa ante todo la conciencia política de los agentes literarios —autores, lectores, transductores o intérpretes—, y exige siempre un procedimiento político, incluso aunque su actividad se limite a postular un nuevo movimiento estético, literario o poético, desde la comedia nueva de Lope de Vega hasta los movimientos futuristas o surrealistas en las vanguardias históricas del siglo XX. La Literatura programática o imperativa es inconcebible al margen de la Política, del mismo modo —no se engañe nadie— que la Poética también lo es. La Literatura puede nacer y existir fuera de la geografía —e incluso de la historia— de una sociedad estatal, organizada políticamente, pero la Literatura programática o imperativa no, porque su razón de ser es, ante todo y sobre todo, una razón política, aun cuando sus planteamientos incidan fundamentalmente sobre motivaciones y declaraciones literarias, artísticas o poéticas. Por todas estas razones, la Literatura programática o imperativa incide de forma dominante en el eje circular o político del espacio antropológico, se caracteriza por su orientación sofista, retórica y programática, y por la negación de los componentes basales o canónicos de los materiales literarios, contra los que con frecuencia reaccionará, tildándolos de “conservadores”, “tradicionales”, “clásicos”, al identificarlos con componentes antiguos o incluso arcaicos, que es necesario superar, o incluso destruir, en nombre de la “libertad del arte”, de la “supremacía de un nuevo concepto de hombre” —o “de mujer”—, de una “sociedad sin clases”, de un arte capaz de “sustraerse al dominio de la razón”, etc… Todos estos argumentos se han esgrimido muy programáticamente desde la República de Platón hasta los ideales neoinquisitoriales de una posmodernidad basada en lo “políticamente correcto”, pasando por quienes el en siglo XVII cultivaron un arte contrario a los preceptos del clasicismo, o por quienes en el incipiente Romanticismo europeo desencadenaron la querelle des anciens et des modernes, sin olvidar a toda esa “literatura” que a lo largo del siglo XX pretendió satisfacer los ideales fascistas, marxistas y socialistas de su depredadora geografía política. La naturaleza acrítica de esta Literatura programática la convierte en una realidad imperativa y preceptiva, que ha buscado siempre el apoyo de una sociedad política para hacerse visible y efectiva. Pese a estar inducida por un ilusionismo hipercrítico, basado con frecuencia en el error de sostener de forma dogmática, preceptiva o imperativa, argumentos a partir de hipótesis retóricamente muy discutibles, o incluso engañosas, es una Literatura completamente acrítica en todas y cada una de sus manifestaciones, desde las más extremadamente políticas (Milton, Büchner, Brecht…) o religiosas (Berceo, Dante, Calderón…), sobre todo, hasta las mejor conformadas y representadas según los fundamentos estéticos o artísticos que les sirven de referencia (Lope de Vega, Breton, Marinetti…).
La Literatura programática o imperativa exige, pues, examinar el funcionamiento de la Literatura —es decir, de los materiales literarios (autor, obra, lector e intérprete o transductor)— en la sociedad política o Estado, y considerar las relaciones de analogía, paralelismo o dialéctica que pueden establecerse entre Literatura y Política. Esta última se interpretará aquí como el conjunto de facultades y potestades efectivas que administran —a través de múltiples categorías (Historia, Geografía, Economía, Ciencia…)— las realidades materiales de un Estado, entre ellas, la Literatura. Admitámoslo: la política es ante todo —y acaso exclusivamente— la organización del poder, es decir, la administración de la libertad.



Términos relacionados



Glosario





Ejemplos literarios o documentales





Bibliografía
  • Véase la sección correspondiente AQUÍ.



6
Genealogía de la Literatura
(segunda parte)


Literaturas Primitiva o Dogmática, Crítica o Indicativa, 
Programática o Imperativa y Sofisticada o Reconstructivista







[*] Imagen tomada del blog de Jaime Galbarro García

[1] Pero en este punto, el cristianismo, de signo católico y protestante, demuestra ser una religión más avanzada que otras. Al decir más avanzada no quiero decir más “progresista”, sino más racional. La expresión “literatura islámica” hará pensar en una literatura escrita en árabe —dejemos aparte la broma del Quijote y de Cide Hamete—, pero no en una literatura destinada a la lectura que los talibanes puedan hacer de ella, desde el momento en que la mente de un fanático no puede comprender la complejidad de conceptos tan racionales y exigentes como “ficción”, “poética” o “libertad”. El fundamentalismo islámico, como el hebreo, no aceptará nunca una lectura literaria ni del Corán ni de las Sagradas Escrituras veterotestamentarias, pues si aceptaran tal premisa dejarían de ser lo dogmáticos que son. Y no se puede dialogar con quien no sabe razonar. Por eso cuando se habla de “literatura religiosa” se puede pensar en Gonzalo de Berceo, Dante —ma non troppo—, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz o Calderón, pero no en los artífices de la Biblia o el Corán, que nunca aceptarían ser leídos como literatos.

[2] Lo único verdaderamente sorprendente es que el consenso de las críticas contra la fabulación y la retórica de los escritos freudianos solo haya alcanzado cierto reconocimiento casi un siglo después de que se haya publicado la mayor parte de ellas. Vid., entre lo más reciente, la monografía de Michel Onfray (2010).

[3] En 1543, Lutero escribía: “Por lo tanto cuidate de los judíos, sabiendo que donde sea que tengan sus sinagogas, no se encuentra otra cosa que una guarida de demonios en la que se practican maliciosamente y sin escrúpulos el envanecimiento total de uno mismo, la pedantería, las mentiras, la blasfemia, y la difamación de Dios y los hombres. La ira de Dios los ha consignado a la presunción de que su fanfarronería, su arrogancia, su difamación contra el Señor, su insulto a todos los pueblos son una verdad y un gran servicio rendido al Señor —todo lo cual es muy pertinente y apropiado a sangre tan noble de los padres y santos circuncisos. En esto creen a pesar de saber que están inmersos intencionalmente en vicios manifiestos, de la misma manera que los demonios. Y donde veas o escuches a un judío enseñando, recuerda que no estás escuchando otra cosa que a un basilisco venenoso que envenena y mata gente, gustoso de atraparla—. Y no obstante, claman estar haciendo lo correcto. ¡Cuidate de ellos!” (Lutero, Sobre los judíos y sus mentiras, 1543).


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