La Literatura en el Espacio Gnoseológico

Glosario


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El espacio gnoseológico tiene como objetivo ubicar la Literatura en el terreno más adecuado para proceder al análisis científico de los materiales literarios. El espacio gnoseológico delimita, pues, el lugar que ha de ocupar la Literatura como objeto de interpretación de la Teoría de la Literatura. Diríamos, en suma, que es la sala de operaciones, el quirófano de la Literatura (teniendo en cuenta que el científico es aquí un cirujano, no un forense, porque, como he dicho, la interpretación literaria no es una autopsia, desde el momento en que la Literatura no es un fósil ni el intérprete un arqueólogo: la Literatura es una materia viva, y el crítico un sujeto que vive en el mundo presente y está en contacto con las realidades materiales que le rodean y de las que él mismo forma parte).
Las ciencias se conciben, desde el Materialismo Filosófico (Bueno, 1992), como instituciones culturales e históricas (no eternas), a la par que objetivas (no caprichosas, ni subjetivas) y necesarias (no arbitrarias). Las ciencias responden a una naturaleza tridimensional, determinada por los tres ejes del espacio gnoseológico establecidos por Bueno (1992): sintáctico, semántico y pragmático. A continuación, procedo a exponer estos ejes en su aplicación a los materiales literarios.
En el eje sintáctico del espacio gnoseológico, la literatura cuenta con a) Términos, o partes objetuales (no proposicionales ni formales) constitutivas del campo de la literatura. La Teoría de la Literatura no estudia por tanto “la Literatura”, sino la Ilíada, el Quijote, Fausto, una tragedia griega, un poema de Petrarca, una comedia de Molière, etc.; los elementos del campo de la literatura: libros, sonidos, signos lingüísticos, etc.); b) Relaciones entre los Términos literarios (precisamente Bueno en la Teoría del Cierre Categorial pone como ejemplo las relaciones que se establecen entre los símbolos lingüísticos); c) Operaciones (la operación más evidente es la lectura, así como la declamación poética o la interpretación dramática, pero un libro, además de ser un objeto físico, es también un operador, como lo es un microscopio para el Biólogo: gracias al soporte físico podemos operar, ecdóticamente, filológicamente, con la obra literaria).
Los Términos literarios componen y configuran los respectivos campos de actividad categorial de la Teoría de la Literatura. Los Términos pueden ser simples (un personaje, un autor, un lector, un pentasílabo adónico...) o complejos (el texto literario considerado como totalidad, como texto envolvente de otros textos, el cronotopo de la novela de aventuras, el soneto como género literario, el conjunto de las obras narrativas de Cervantes...). También pueden ser constantes, si se mantienen formalmente estables (los sonetos de Quevedo o Garcilaso, don Quijote como protagonista de la novela que lleva su nombre...), variables (la historia del verso blanco en la lírica española, el concepto de personaje literario en teatro europeo...).
Las Relaciones se producen siempre entre los Términos literarios del espacio gnoseológico, es decir, entre Términos del campo en el que se sitúan los materiales literarios, y que un sujeto gnoseológico trata de examinar científicamente a partir de las relaciones lógicas entre su materialidad y su forma: es el caso de las relaciones dialécticas que pueden establecerse entre dos o más textos (el Quijote de Cervantes y el Quijote de Avellaneda, el teatro de Cervantes y el teatro de Lope de Vega), entre texto y contexto (la Divina Commedia y la Florencia del siglo XIII), entre autor y lector (Cervantes y Unamuno, Hölderling y Heidegger, Cortázar y los lectores de Rayuela...)
Las Operaciones están ejecutadas por los sujetos operatorios, como sujetos cognoscentes. En este proceso se sitúa el regressus lógico-formal (gnoseológico) hacia las Ideas y el progressus material (ontológico) hacia —obviamente— los materiales literarios, operaciones que compete ejecutar al crítico de la literatura, en tanto que conocedor de una Teoría de la Literatura y sabedor de los conceptos categoriales que le proporciona esta Poética o ciencia de la literatura. Las operaciones son siempre físicas, manuales (filológicas, ecdóticas..., pues hay que reconstruir textos), y no exclusivamente mentales o psicológicas (hermenéutica, fenomenología...), pues hay que construir interpretaciones, y pasar de lo sensible a lo inteligible de los materiales literarios. Las operaciones tienen lugar entre objetos corpóreos (incluyendo en este concepto desde los propios símbolos del álgebra, en Matemática, por ejemplo, hasta los signos lingüísticos, en Literatura, como es el caso que nos ocupa). Los operadores, es decir, los sujetos cognoscentes, han de ser necesariamente corpóreos, como de hecho lo son los seres humanos (no nos consta que Dios haya interpretado nunca la Biblia, ni que Zeus haya hecho lo propio con los versos de Homero): “La corporeidad es así una característica gnoseológica que querría definirse antes por sus referencias prácticas a las manos que por su referencia a cualquier otro criterio metafísico” (Bueno, 1980: 57).
El eje semántico del espacio gnoseológico incluye respecto a la Literatura tres sectores fundamentales: fisicalista, fenomenológico y esencial.
Como sabemos desde Frege (1892), el lenguaje no solo tiene sentido, tiene también referencia. Siguiendo a Bueno, hablaremos de Referentes o Referenciales para designar los componentes fisicalistas del campo de la literatura: litografías, papiros, manuscritos, libros, sonidos, signos lingüísticos, discos compactos, etc. Diremos, en suma, que toda ciencia requiere referentes fisicalistas explícitos, es decir, una materialidad primogenérica. Como hemos visto, el M1 de la literatura son los libros, el lenguaje, los soportes lingüísticos, orales, gráficos, literarios... La razón del sector fisicalista no se debe tanto a cuestiones ontológicas (“todo lo real es corpóreo”), o epistemológicas (“solo lo corpóreo es cognoscible o perceptible”), sino estrictamente gnoseológica: si las operaciones son físicas, esto es, materiales, una ciencia solo podrá ser operatoria cuando tenga ante sí un sector fisicalista, es decir, cuando trabaja con materiales específicos de su campo categorial.
A su vez, se hablará de Fenómenos literarios para designar aquellos rasgos distintivos que son característicos de cada material literario particular o específicos de cada obra literaria concreta, como por ejemplo la Mancha de don Quijote, el castillo de Kafka, el limbo o el Paradiso dantescos, la Troya homérica, la Numancia cervantina, la corte del rey Segismundo o del príncipe Hamlet, la psicología del doctor Fausto o la vida sexual de Julien Sorel. Esta fenomenología puede proyectarse sobre materialidades primogenéricas, como la estructura misma de una obra de teatro o de una octava real. Lo fenoménico designará aquí a todo un conjunto de representaciones subjetivas o apariciones diversas ―diversas por la diversidad de sujetos que reaccionaran subjetivamente ante tales fenómenos― procedentes de un mismo objeto o referente físicamente dado. La lectura del Quijote provocará tantas experiencias fenomenológicas distintas cuantos lectores distintos se acerquen a este libro. La misma obra provocará diferentes experiencias sensibles o fenomenológicas, que resultarán interpretables en términos inteligibles o esenciales, según los procedimientos dados en el tercero de los sectores del eje semántico del espacio gnoseológico, el eje de las esencias o estructuras.
Así, en tercer lugar, dentro del eje semántico, denominaremos Esencias a aquellas estructuras literarias que son necesariamente esenciales en la constitución y caracterización de determinados materiales literarios, y que hacen posible su inteligibilidad científica y crítica, bien como conceptos categoriales o científicos (Teoría de la Literatura), bien como ideas filosóficas (Crítica de la Literatura). Es el caso, por ejemplo, de personajes, funciones, tiempos y espacios, en la constitución de la novela como género literario. Lo mismo podríamos decir de los catorce versos endecasílabos esenciales en la constitución de un soneto aurisecular. También las Ideas objetivas que representan y ejercen los personajes serían esencias, pues hemos desbordado entonces al personaje como fenómeno para referimos ahora a él a partir de los componentes que lo constituyen e identifican de forma distintiva: la locura que en don Quijote implica una crítica de la razón teológica, la picaresca que en el Lazarillo pone en tela de juicio la organización del estado español aurisecular, la cólera que en Aquiles hace cambiar el curso de la guerra de Troya, la burla que en don Juan compromete por entero la libertad humana y desafía las leyes de la metafísica cristiana... Y lo mismo podríamos decir respecto a aspectos formales de la literatura, que en la dialéctica de dos horizontes de expectativas pueden resultar profundamente transformados: los libros de caballerías ridiculizados en el Quijote, los autos sacramentales prohibidos por la política de la Ilustración española, la secularización que lleva a cabo Cervantes frente a la tragedia antigua al componer una obra como La Numancia, la demolición del realismo social que provoca Luis Martín Santos al escribir en 1962 su Tiempo de silencio e implantar en la narrativa española el denominado “realismo crítico”. Las esencias literarias se comportan como estructuras, indudablemente materiales, en las que confluyen y actúan diversos cursos operatorios, ejecutados por diferentes sujetos, en tanto que autores, lectores, críticos... Las esencias constituyen la unidad dialéctica de los fenómenos a través de sus referencias fisicalistas. De este modo, las Esencias literarias son independientes de los sujetos que las manipulan (plano fenomenológico), a la vez que permiten reconstruir los objetos o referentes (plano fisicalista), confiriéndoles el sentido de identidades materiales sintéticas (Bueno, 1992) a través, como he indicado, de distintos cursos operatorios llevados a cabo por los sujetos autoriales, receptores y transductores o críticos.
El eje pragmático del espacio gnoseológico permite organizar los materiales literarios en tres sectores fundamentales: autologismos, dialogismos y normas (Bueno, 1992).
Los Autologismos designan aquí las operaciones del sujeto gnoseológico individual, operaciones que son necesarias e imprescindibles para leer una obra literaria o ver una obra de teatro, es decir, para proceder a la interpretación de los materiales literarios. Los Autologismos implican no solo las Ideas del sujeto, sino también los procesos psicológicos que intervienen en todos los procesos operatorios. Como sujeto operatorio que es, el ser humano se comporta como un sujeto gnoseológico, es decir, como un sujeto dotado de capacidad interpretativa. Y puede hacerlo como sujeto autológico, es decir, como sujeto que tiene que identificar observaciones y experiencias actuales con otras pretéritas, así como desarrollar planes, proyectos, programas y fines prolépticos.
Por su parte, son Dialogismos aquellas operaciones cognoscitivas llevadas a cabo por sujetos gnoseológicos numéricamente diferentes. Los Dialogismos exigen la existencia de una comunidad científica (de un gremio, o incluso de un lobby), en el seno de la cual se expresan, comparten, difunden y critican los resultados de las investigaciones llevadas a cabo por los distintos sujetos operatorios y gnoseológicos. Los Dialogismos implican la existencia de otras interpretaciones realizadas sobre los mismos materiales literarios, interpretaciones que siempre hay que tener en cuenta, para criticarlas, verificarlas, reiterarlas, perfeccionarlas... Como sujeto dialógico, el sujeto gnoseológico forma parte de una comunidad de individuos, científicos, investigadores, colegas, etc., con los que interactúa. De este modo, el eje pragmático da cuenta de la comunicación de los sujetos gnoseológicos en el contexto de la actividad científica. Los procesos de transmisión del saber y de la educación científica institucional son aquí decisivos. Sin una estructura educativa sistemática destinada a la organización y transmisión del saber literario, la Literatura dejaría de existir en tanto que material literario perceptible como tal. Por esta razón, la Academia, como institución científica y crítica, debe enfrentarse a Babel, como lugar de inconsistencia, cofusión e ignorancia, en la lucha por la investigación rigurosa de los materiales literarios (Maestro, 2006).
Las Normas constituyen el tercer y último sector del eje pragmático del espacio gnoseológico, en el que se sitúan y organizan los materiales literarios. Las ciencias están constituidas por su dimensión histórica, social, institucional, organizativa. Las ciencias son resultado de actividades humanas colectivas, dotadas de reglas operativas y normas de comportamiento. Los individuos que las practican son múltiples, están en contacto y en comunicación entre sí merced a un código normativo y pautado que hace posible el avance del conocimiento científico. Las Normas permiten regular de forma lógica la actividad de la crítica y de la interpretación. La preceptiva literaria, la poética, los sistemas de interpretación, el canon literario, etc., han sido y son algunas de estas normas, pautas imperativas de carácter lógico y material que, debiendo estar basadas en criterios científicos (no ideológicos, ni acríticos, ni psicologistas, ni retóricos, ni morales, ni doxográficos), determinan y canalizan, en el proceso de la construcción científica, los autologismos y dialogismos. Las normas se imponen gnoseológicamente sobre la voluntad individualista del yo (autologismo) y sobre la volición gregaria del nosotros (dialogismo).
El espacio gnoseológico no es, pues, un espacio epistemológico. La gnoseología trabaja con materias y formas, como conceptos conjugados o entrelazados, no dialécticos o antitéticos, mientras que la epistemología enfrenta dialécticamente ―a veces incluso solo dialógicamente― al sujeto con el objeto, de tal modo que esta relación acaba por disolver de forma subjetiva e idealista, en la conciencia del sujeto cognoscente, un objeto que ha de interpretarse en términos científicos. Y que resulta interpretado en términos subjetivos e idealistas. Como consecuencia de esta disolución ideal del objeto en el sujeto, toda objetividad resulta anulada, adulterada, fraudulenta. El Materialismo Filosófico rechaza la interpretación epistemológica de la literatura, de génesis aristotélica y heredada desde la Poética, que resulta radicalizada por la epistemología kantiana del idealismo romántico alemán, y la reemplaza por la interpretación gnoseológica, de corte materialista, y expuesta en la Teoría del Cierre Categorial de Gustavo Bueno (1992)[1]. Ya he insistido en otro lugar en que Aristóteles no es nuestro colega (Maestro, 2006, 2006a).
La gnoseología excluye o segrega en la medida de lo posible al sujeto cognoscente del proceso mismo del conocimiento, desde el momento en que sitúa la interpretación en la conjugación de Materia y Forma literarias, y no en el espacio epistemológico de un sujeto que impregna o infecta con su subjetividad las posibilidades de conocimiento e interpretación de los objetos literarios. Un endecasílabo es un verso de once sílabas métricas, al margen de que su autor sea Quevedo, Hölderlin o Neruda, y muy al margen de que sus lectores o intérpretes sean de izquierdas o de derechas, banqueros o truhanes, curas o terroristas, etíopes o esquimales[2]


Términos relacionados





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Ejemplos literarios o documentales





4
¿Qué es la Literatura?
Idea y concepto de la Literatura
(segunda parte)



La Literatura en los espacios del Materialismo Filosófico:
espacio antropológico, espacio ontológico,
espacio gnoseológico y espacio estético




Bibliografía

  • Véase la sección correspondiente AQUÍ.









[1] Como advierte Bueno (1992), la perspectiva epistemológica hace referencia principal al eje pragmático, especialmente a su momento normativo, que afecta al sujeto cognoscente (del cual es un caso particular el sujeto gnoseológico). Las cuestiones epistemológicas giran en torno a los procesos que determinan normativamente la actitud del sujeto cognoscente (estados de duda o certeza). La perspectiva gnoseológica hace referencia al eje semántico, y en especial a su momento ontológico. Las cuestiones gnoseológicas giran en torno a los procesos que determinan la “identidad sintética” de unas partes objetivas del campo respecto a otras. Entre los criterios que permiten distinguir el espacio gnoseológico del espacio epistemológico figuran los tres ejes siguientes, de carácter semiológico, de la gnoseología general analítica del cierre categorial: a) eje sintáctico, que considera los signos desde el punto de vista de su relación con sujetos y objetos (consta de tres sectores: Términos, Relaciones y Operaciones); b) eje semántico, que considera a los objetos desde el punto de vista de su relación a través de los signos (sus tres sectores son: Referenciales, Fenómenos y Esencias); c) eje pragmático, que considera los sujetos en la medida en que se relacionan a través de signos (sus tres sectores son: Autologismos, Dialogismos y Normas).

[2] Así, por ejemplo, los intentos posmodernos y gremiales por cambiar el nombre de las cosas no añaden nada a las ciencias, sino que caracterizan epistemológicamente a los sujetos que esgrimen tales cambios. Por ejemplo, en inglés, la History sigue designando el mismo referente que en español conocemos con el hombre de Historia, muy al margen de la denominación que el gremio feminista le asigna al usar la palabra Hertory, cuyo contenido material es 0, porque su forma solo es significante en la medida en que identifica a sus artífices como feministas. Lo Hertory no existe, salvo formalmente, para identificar como feministas a sus usuarios. Es pura retórica. La retórica de un conjunto vacío. Lo mismo sucede en español al utilizar la arroba @ como morfema de género. Es un signo que solo puede designar lo hermafrodita singular, es decir, una realidad materialmente inexistente en el género humano, y solo posible en algunas especies zoológicas, como los caracoles, por ejemplo, u otras especies de moluscos, que en un mismo cuerpo atesoran activamente órganos sexuales masculinos y femeninos. Los ejemplos se multiplican casi a diario: las feministas hablan de feminario, en lugar de seminario. Término poco original para designar la reclusión o clausura espacial de las mujeres. Los griegos ya lo denominaron gineceo.


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