Pío Baroja

El árbol de la ciencia

El árbol de la ciencia de Baroja constituye una muestra perfecta, sin disimulación alguna, de Literatura crítica o indicativa, muy característica además del siglo XX, donde la denuncia comienza a encontrar cabida en formas literarias abiertamente declarativas, cuyas consecuencias llegan de forma inequívoca a la realidad de nuestros días. Baroja no yerra un ápice cuando pone en la perspectiva vital del pensamiento de Andrés Hurtado esta declaración acerca de la enseñanza universitaria en España:

Los profesores no sirven más que para el embrutecimiento metódico de la juventud estudiosa. Es natural. El español todavía no sabe enseñar; es demasiado fanático, demasiado vago y casi siempre demasiado farsante. Los profesores no tienen más finalidad que cobrar su sueldo y luego pescar pensiones para pasar el verano […]. En España en general no se paga el trabajo, sino la sumisión. Yo quisiera vivir del trabajo, no del favor (Baroja, 1911/1998: 158).

 Algo más adelante, en sus reflexiones sobre la “crueldad universal”, Baroja enuncia, en términos propios de un crítica característica de la impotencia observable en una sociedad política que carece de medios para actuar y lograr la consecución de sus fines, un ideario vital determinado por la ataraxia y el epicureísmo, en un contexto de biocenosis o lucha entre las diferentes especies y fuerzas en conflicto.


Que la vida es una lucha constante, una cacería cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros […]. Claro, llamamos a todos los conflictos lucha, porque es la idea humana que más se aproxima a esa relación que para nosotros produce un vencedor y un vencido. Si no tuviéramos este concepto en el fondo, no hablaríamos de lucha. La hiena que monda los huesos de un cadáver, la araña que sobre una mosca, no hace más ni menos que el árbol bondadoso llevándose de la tierra el agua y las sales necesarias para su vida. El espectador indiferente, como yo, ve la hiena, a la araña y al árbol, y se los explica. El hombre justiciero le pega un tiro a la hiena, aplasta con la bota a la araña y se sienta a la sombra del árbol, y cree que hace bien […]. Ante la vida no hay más que dos soluciones prácticas para el hombre sereno: o la abstención y la contemplación indiferente de todo o la acción limitándose a un círculo pequeño (Baroja, 1911/1998: 125-127).

Todo en Baroja es individualismo, y la lucha lo es de forma especialmente radical. Su novela niega toda realidad colectiva, y afirma profundamente lo individual y personal. La sociedad es tan solo el campo de batalla en el que los individuos se consumen o fracasan. Sin embargo, la idea de una crítica social irá adentrándose en la literatura del siglo XX, hasta convertirse en una de sus expresiones más solicitadas. El llamado realismo social triunfa en la segunda posguerra europea para ponerse al servicio del idealismo político socialista o incluso de la utopía marxista instilada por la extinta Unión Soviética. Las masas necesitaban una estética. El arte y la literatura del siglo XX habrían sido sociales ganara quien ganara la II Guerra Mundial. Con el triunfo de las democracias occidentales, por una parte, y del marxismo soviético, por otra, prosperaron, en paralelo a sus respectivos sistemas políticos, o a la sombra de ellos, los ideales de un arte socialista o los imperativos de una preceptiva estética marxista. De haber ganado la guerra la Alemania Nazi el arte habría sido igualmente socialista y totalitario. Hoy día, sin embargo, el arte ha dejado de ser social y socializante, para tornarse cada vez más individualista y autológico. Lejos quedan los ideales del poeta que se enaltece o se exhibe a sí mismo como la voz del pueblo. En nuestros días lo único que se comparte es la información, y no siempre, sino solo cuando es masivamente útil socializar determinados contenidos informativos, por razones económicas, políticas o de mercado. De hecho, hemos pasado de la literatura comprometida al arte solidario o a la estética de la denuncia. ¿Por qué este cambio? Porque ninguna forma de literatura, y menos aún la que se pretenda “comprometida”, llega a las masas. Por eso la difusión masiva de las obras ha tenido que dar lugar a la exhibición individualista del artista, en un intento de mostrar públicamente una solidaridad que le haga individualmente popular o famoso, allí donde su arte resulta casi por completo ilegible, inaudible o incluso ininteligible.

Jesús G. Maestro, Genealogía de la Literatura, 2012, pp. 279-281.



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Bibliografía



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