La cabeza encantada

Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, 1615 (II, 62-63). 
Aventura de la cabeza encantada.


Cervantes Project, Eduardo Urbina, TAMU
Levantados los manteles y tomando don Antonio por la mano a don Quijote, se entró con él en un apartado aposento, en el cual no había otra cosa de adorno que una mesa, al parecer de jaspe, que sobre un pie de lo mesmo se sostenía, sobre la cual estaba puesta, al modo de las cabezas de los emperadores romanos, de los pechos arriba, una que semejaba ser de bronce. Paseóse don Antonio con don Quijote por todo el aposento, rodeando muchas veces la mesa, después de lo cual dijo:—Agora, señor don Quijote, que estoy enterado que no nos oye y escucha alguno y está cerrada la puerta, quiero contar a vuestra merced una de las más raras aventuras, o, por mejor decir, novedades, que imaginarse pueden, con condición que lo que a vuestra merced dijere lo ha de depositar en los últimos retretes del secreto.—Así lo juro—respondió don Quijote—, y aun le echaré una losa encima para más seguridad, porque quiero que sepa vuestra merced, señor don Antonio —que ya sabía su nombre—, que está hablando con quien, aunque tiene oídos para oír, no tiene lengua para hablar; así que con seguridad puede vuestra merced trasladar lo que tiene en su pecho en el mío y hacer cuenta que lo ha arrojado en los abismos del silencio.

—En fee de esa promesa —respondió don Antonio—, quiero poner a vuestra merced en admiración con lo que viere y oyere, y darme a mí algún alivio de la pena que me causa no tener con quien comunicar mis secretos, que no son para fiarse de todos.Suspenso estaba don Quijote, esperando en qué habían de parar tantas prevenciones. En esto, tomándole la mano don Antonio, se la paseó por la cabeza de bronce y por toda la mesa y por el pie de jaspe sobre que se sostenía, y luego dijo:—Esta cabeza, señor don Quijote, ha sido hecha y fabricada por uno de los mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo, que creo era polaco de nación y dicípulo del famoso Escotillo, de quien tantas maravillas se cuentan; el cual estuvo aquí en mi casa, y por precio de mil escudos que le di labró esta cabeza, que tiene propiedad y virtud de responder a cuantas cosas al oído le preguntaren. Guardó rumbos, pintó carácteres, observó astros, miró puntos y, finalmente, la sacó con la perfeción que veremos mañana, porque los viernes está muda, y hoy, que lo es, nos ha de hacer esperar hasta mañana. En este tiempo podrá vuestra merced prevenirse de lo que querrá preguntar, que por esperiencia sé que dice verdad en cuanto responde.Admirado quedó don Quijote de la virtud y propiedad de la cabeza, y estuvo por no creer a don Antonio, pero por ver cuán poco tiempo había para hacer la experiencia no quiso decirle otra cosa sino que le agradecía el haberle descubierto tan gran secreto. Salieron del aposento, cerró la puerta don Antonio con llave y fuéronse a la sala donde los demás caballeros estaban. En este tiempo les había contado Sancho muchas de las aventuras y sucesos que a su amo habían acontecido. […]. 

Grabado de Lorenzo Pignoria [1]
Otro día le pareció a don Antonio ser bien hacer la experiencia de la cabeza encantada, y con don Quijote, Sancho y otros dos amigos, con las dos señoras que habían molido a don Quijote en el baile, que aquella propia noche se habían quedado con la mujer de don Antonio, se encerró en la estancia donde estaba la cabeza. Contóles la propiedad que tenía, encargóles el secreto y díjoles que aquel era el primero día donde se había de probar la virtud de la tal cabeza encantada. Y si no eran los dos amigos de don Antonio, ninguna otra persona sabía el busilis del encanto, y aun si don Antonio no se le hubiera descubierto primero a sus amigos, también ellos cayeran en la admiración en que los demás cayeron, sin ser posible otra cosa: con tal traza y tal orden estaba fabricada.El primero que se llegó al oído de la cabeza fue el mismo don Antonio, y díjole en voz sumisa, pero no tanto que de todos no fuese entendida:—Dime, cabeza, por la virtud que en ti se encierra: ¿qué pensamientos tengo yo agora?Y la cabeza le respondió, sin mover los labios, con voz clara y distinta, de modo que fue de todos entendida, esta razón:—Yo no juzgo de pensamientos.Oyendo lo cual todos quedaron atónitos, y más viendo que en todo el aposento ni al derredor de la mesa no había persona humana que responder pudiese.
—¿Cuántos estamos aquí? —tornó a preguntar don Antonio.Y fuele respondido por el propio tenor, paso:—Estáis tú y tu mujer, con dos amigos tuyos y dos amigas della, y un caballero famoso llamado don Quijote de la Mancha, y un su escudero que Sancho Panza tiene por nombre.¡Aquí sí que fue el admirarse de nuevo, aquí sí que fue el erizarse los cabellos a todos de puro espanto! Y apartándose don Antonio de la cabeza dijo:—Esto me basta para darme a entender que no fui engañado del que te me vendió, ¡cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona, y admirable cabeza! Llegue otro y pregúntele lo que quisiere.Y como las mujeres de ordinario son presurosas y amigas de saber, la primera que se llegó fue una de las dos amigas de la mujer de don Antonio, y lo que le preguntó fue:—Dime, cabeza, ¿qué haré yo para ser muy hermosa?Y fuele respondido:—Sé muy honesta.—No te pregunto más —dijo la preguntanta.Llegó luego la compañera y dijo:—Querría saber, cabeza, si mi marido me quiere bien o no.Y respondiéronle:
—Mira las obras que te hace, y echarlo has de ver.Apartóse la casada, diciendo:—Esta respuesta no tenía necesidad de pregunta, porque, en efecto, las obras que se hacen declaran la voluntad que tiene el que las hace.Luego llegó uno de los dos amigos de don Antonio y preguntóle:—¿Quién soy yo?Y fuele respondido:—Tú lo sabes.—No te pregunto eso —respondió el caballero—, sino que me digas si me conoces tú.—Sí conozco —le respondieron—, que eres don Pedro Noriz.—No quiero saber más, pues esto basta para entender, ¡oh cabeza!, que lo sabes todo.Y, apartándose, llegó el otro amigo y preguntóle:—Dime, cabeza, ¿qué deseos tiene mi hijo el mayorazgo?—Ya yo he dicho —le respondieron— que yo no juzgo de deseos, pero, con todo eso, te sé decir que los que tu hijo tiene son de enterrarte.—Eso es —dijo el caballero—: lo que veo por los ojos, con el dedo lo señalo.
Y no preguntó más. Llegóse la mujer de don Antonio y dijo:—Yo no sé, cabeza, qué preguntarte; solo querría saber de ti si gozaré muchos años de buen marido.Y respondiéronle:—Sí gozarás, porque su salud y su templanza en el vivir prometen muchos años de vida, la cual muchos suelen acortar por su destemplanza.Llegóse luego don Quijote y dijo:—Dime tú, el que respondes: ¿fue verdad, o fue sueño lo que yo cuento que me pasó en la cueva de Montesinos? ¿Serán ciertos los azotes de Sancho mi escudero? ¿Tendrá efeto el desencanto de Dulcinea?—A lo de la cueva —respondieron—, hay mucho que decir: de todo tiene; los azotes de Sancho irán de espacio; el desencanto de Dulcinea llegará a debida ejecución.—No quiero saber más —dijo don Quijote—, que como yo vea a Dulcinea desencantada, haré cuenta que vienen de golpe todas las venturas que acertare a desear.El último preguntante fue Sancho, y lo que preguntó fue:—¿Por ventura, cabeza, tendré otro gobierno? ¿Saldré de la estrecheza de escudero? ¿Volveré a ver a mi mujer y a mis hijos?A lo que le respondieron:—Gobernarás en tu casa; y si vuelves a ella, verás a tu mujer y a tus hijos; y dejando de servir, dejarás de ser escudero.—¡Bueno par Dios! —dijo Sancho Panza—. Esto yo me lo dijera: no dijera más el profeta Perogrullo.—Bestia —dijo don Quijote—, ¿qué quieres que te respondan? ¿No basta que las respuestas que esta cabeza ha dado correspondan a lo que se le pregunta?—Sí basta —respondió Sancho—, pero quisiera yo que se declarara más y me dijera más.


*     *     *

A su vez, uno de los últimos episodios numinosos de la novela es el de la cabeza encantada, inmediatamente desmentido y desmitificado por el narrador una vez concluido, al igual que sucedió en la aventura del mono “adivino” de maese Pedro. Lo numinoso, como lo mitológico, se disuelve teatralmente en la fábula narrativa del Quijote. Ninguna razón, salvo el sentido lúdico de sus promotores e intérpretes, puede avalarlo. Con todo, en el episodio de la cabeza encantada, don Quijote se distingue sorprendentemente por no dirigir la fórmula de la pregunta a la cabeza en cuestión, sino a quien por ella responde, que, como sabrá posteriormente el lector, es un avispado sobrino de Antonio Moreno. Así, cabe entender que don Quijote, descreído de tal portento —“estuvo por no creer a don Antonio” (II, 62)—, no pregunta a la cabeza, sino a la persona que a su través habla, en la siguiente fórmula: “Dime tú, el que respondes” (II, 62), etc. Don Quijote no cree en semejante patraña, pero acepta jugar con ella. Sólo a posteriori el narrador desmitificará cualquier interpretación sobrenatural, dejando al descubierto el trampantojo de Antonio Moreno, amigo íntimo de bandoleros —como Roque Guinart— y, asimismo, del comandante de las cuatro galeras que custodian Barcelona.

Esta cabeza, señor don Quijote, ha sido hecha y fabricada por uno de los mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo, que creo era polaco de nación y dicípulo del famoso Escotillo, de quien tantas maravillas se cuentan; el cual estuvo aquí en mi casa, y por precio de mil escudos que le di labró esta cabeza, que tiene propiedad y virtud de responder a cuantas cosas al oído le preguntaren. Guardó rumbos, pintó carácteres, observó astros, miró puntos y, finalmente, la sacó con la perfeción que veremos mañana, porque los viernes está muda, y hoy, que lo es, nos ha de hacer esperar hasta mañana. En este tiempo podrá vuestra merced prevenirse de lo que querrá preguntar, que por esperiencia sé que dice verdad en cuanto responde (Quijote, II, 62).

Sin embargo, el narrador del Quijote delega en el retórico cronista Cide Hamete la desmitificación de tan ridículo juego:

El cual quiso Cide Hamete Benengeli declarar luego, por no tener suspenso al mundo creyendo que algún hechicero y extraordinario misterio en la tal cabeza se encerraba, y, así, dice que don Antonio Moreno, a imitación de otra cabeza que vio en Madrid fabricada por un estampero, hizo esta en su casa para entretenerse y suspender a los ignorantes (Quijote, II, 62).

Con todo, la obra cervantina donde la crítica, la desmitificación y la negación de todo poder trascendente alcanza su más álgida expresión no es el Quijote, sino El coloquio de los perros.


Jesús G. Maestro, Genealogía de la Literatura, 2012, pp. 187-189.



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Bibliografía


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[1] Gravado de Lorenzo Pignoria, en Vicenzo Cartari, Imagini de gli dei delli antichi (Padua, Pietro Paolo Tozzi, 1626, p. 498).



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