Dialéctica

Glosario

La Dialéctica es, junto con el Racionalismo, la Crítica, la Ciencia y la Symploké, uno de los cinco postulados fundamentales del Materialismo Filosófico como Teoría de la Literatura.


(CC BY 2.0) Arenamontanus,
2 of Force Ideology
En el ámbito de la filosofía, el término dialéctica ha adquirido históricamente diversas acepciones. Gustavo Bueno (1974) recuerda, en primer lugar, que se ha utilizado como concepción no solo de un método, sino de una realidad misma a la que aquel habría de ajustarse. Esta primera concepción subraya la naturaleza dinámica y móvil de todo cuanto existe. Así, la dialéctica sería para Heráclito la ciencia del movimiento, opuesta a la metafísica, como ciencia del ser inmóvil (Parménides y Zenón). En segundo lugar, se ha hablado de la dialéctica para definir una “multilateralidad de relaciones” implicadas en cualquier proceso, frente a las relaciones unívocas o unilaterales, en las que suele descansar el modo de pensar metafísico y monista. Esta concepción, propia del materialismo dialéctico marxista, subordina la dialéctica a la totalidad, como de hecho hicieron Lukács y Goldmann, entre otros. El Materialismo Filosófico se opone radicalmente a esta concepción de dialéctica, basándose en el principio platónico de symploké. En tercer lugar, cabe hablar de una concepción de la dialéctica que subraya una estructura de “retroalimentación negativa”, propia de ciertas totalidades o sistemas, llamados, precisamente por este motivo, dialécticos (Klaus, Harris...) (Bueno, 1995). El Materialismo Filosófico considera esta propuesta reductora y gratuita, desde el momento en que, sin perjuicio de que los sistemas dotados de retroalimentación negativa sean dialécticos, no todo lo que es dialéctico tiene por qué ajustarse a tal modelo. En cuarto y último lugar, proponemos, en el contexto de la Teoría de la Literatura y de interpretación crítica de los materiales literarios, un concepto de dialéctica basado en las funciones de las contradicciones implicadas en los procesos analizados. Esta es la concepción de dialéctica que dispone de más antigua tradición académica y escolástica (Platón, Aristóteles, Kant, Hegel). Siguiendo al Materialismo Filosófico hemos de acogernos a esta concepción del término dialéctica, como la más consistente, dadas su precisión y magnitud.
En consecuencia, la dialéctica se considerará como un proceso de codeterminación del significado de una Idea (A) en su confrontación con otra Idea antitética (B), pero dado siempre a través de una Idea correlativa (C) a ambas, la cual codetermina, esto es, organiza y permite interpretar, por supuesto en symploké, el significado de tales ideas relacionadas entre sí de forma racional y lógica, y, de hecho, crítica y dialéctica.
Adviértase que la posmodernidad renuncia a toda correlación antitética de ideas, regresando constantemente a una correlación analítica, es decir, relaciona los objetos tomando siempre como referencia, bien su identidad acrítica (A = A), bien su diferencia armónica (todo es compatible con todo, pese a cualquier diferencia radical). De este modo se evita todo conflicto, en nombre de la tolerancia, del holismo armónico, de la isovalencia de las culturas, y de otros mitos dogmáticos de nuestro tiempo, entre ellos, el que consiste en afirmar que todo es relativo y que nada es dialéctico. Nótese cómo, por ejemplo, las interpretaciones posmodernas del Quijote negarán siempre la totalidad de las dialécticas efectivamente existentes y, en su lugar, afirmarán una y otra vez que todo es absolutamente relativo (Maestro, 2009b).
Sucede que para un posmoderno la dialéctica no existe como figura gnoseológica, sino como figura retórica, es decir, desarrollada en una suerte de dialéctica-ficción, que no será filosófica, sino mitológica (o incluso psicoanalítica, cuando se presenta investida con el argot propio de una psicomaquia de orden freudiano o lacaniano). La posmodernidad no es dialéctica, sino analítica: no niega nada, ni procede por síntesis, sino que lo afirma todo, acríticamente, sin establecer jamás conexiones sintéticas ni racionales con causas ni consecuentes. Se atiene a sus análisis de forma autista o auto-determinante, al margen de todo contraste, y postulando un idealismo absoluto y radical, incapaz de ver cualquier co-determinación. Así es como la posmodernidad afirma nietzscheanamente las interpretaciones ignorando los hechos que las hacen posibles. En una palabra: la posmodernidad ha reemplazado la dialéctica por el diálogo, el contraste efectivamente existente por el idealismo armónico.
La crítica surge al enfrentar racionalmente el acuerdo y el desacuerdo, y se organiza en el momento de explicar y exponer científicamente esa dialéctica. Con frecuencia se entiende la crítica como una demolición, como una deconstrucción. Si esto fuera efectivamente cierto, el desenlace inmediato sería el nihilismo, y no resultaría posible seguir hablando racionalmente de nada. La interpretación literaria es, por su propia naturaleza, dialéctica, pero no deconstructiva o demoledora, porque pensar e interpretar es pensar e interpretar con la Razón contra alguien, no con alguien contra la Razón, y en absoluto desde el irracionalismo y contra la nada. Se puede ir contra la interpretación —es decir, contra la interpretación de tales o cuales sujetos—, pero no contra la Razón. Bueno (1995c) ha insistido con frecuencia en el hecho de que saber lo que un texto significa es saber contra quién está dirigido ese texto y sus posibles significados. Y sobre todo, dejar que las cosas sean como realmente son.
Gustavo Bueno
El objetivo del saber crítico, es decir, de las ciencias y de la filosofía en cuanto tales, es eliminar las opiniones y las informaciones que impiden el conocimiento (Platón, Sofista, 230d), destruir las creencias que obstruyen el desarrollo de las interpretaciones racionales, desenmascarar las informaciones falsas, desmitificar las ideologías que imposibilitan u ocultan la verdad de la ciencia. Sofista es quien perfecciona creencias, informaciones e ideologías que impiden el conocimiento científico. Platón lo definió, literalmente, como “un purificador de las opiniones que impedían que el alma pudiera conocer” (Sofista, 231e). Las creencias siempre tienen más fuerza que las ideas para extenderse por sí solas. De hecho, las creencias se imponen por sí mismas, mientras que las ideas, para consolidarse y desarrollarse, necesitan un sistema educativo eficaz (paideía), una organización de criterios y métodos de conocimiento que haga posible su ejercicio y transmisión. Es mucho más fácil desarrollar creencias que conocimientos científicos. Las creencias provocan y fortalecen ideologías, mientras que el saber crítico solo es apto para el conocimiento científico y la desmitificación de creencias e ideologías. Uno de los secretos esenciales que explica la difusión de las doctrinas posmodernas reside precisamente aquí, es decir, en que la llamada posmodernidad es, más que un pensamiento crítico y racionalista, un conjunto variado y heterogéneo de mitos e ideologías, destinados a potenciar y fortalecer creencias dogmáticas e irracionales específicas del idealismo contemporáneo. Su idealismo reside precisamente en que son formas cuya contenido no existe, salvo en las formas mismas que lo inventan y recrean para su consumo babélico, cuya industria editorial, mercantil y laboral ha crecido copiosamente en las últimas décadas.
Las ideologías derivadas de la posmodernidad son ideologías propias de las clases privilegiadas, a las que no interesa en absoluto la dialéctica crítica, sino el diálogo endogámico y la confusión objetiva. Elaboradas por grupos académica y socialmente muy bien acomodados —que son los que mejor pueden tolerar, es decir, sufrir, resistir, lo que haga falta—, los mitos posmodernos se basan en el desplazamiento de las ideas de racionalidad y de dialéctica al mundo de las formas, al “reino de los discursos”, de la retórica, del lenguaje, de la sofística, del diálogo..., todo lo cual solo puede tener lugar en la comodidad de un espacio ideal, metafísico, imaginario, o en la invisibilidad de lo que sucede más allá de las fronteras del mundo real. El idealismo racionalista considera que la razón solo existe en el ámbito del lenguaje, del discurso, del diálogo. Es el caso de Habermas y sus discípulos, por ejemplo. Este idealismo se manifiesta, pues, como un racionalismo nunca verificado materialmente, es decir, en la realidad efectivamente existente. De este modo el idealismo se convierte en una ficción para el artista y en una sofística para el científico, además de resultar una creencia necesaria para el moralista que debe preservar la unidad de su grupo, así como de constituir finalmente para el demagogo o el sofista un instrumento de trabajo favorito. Sofista es, en suma, el que convence con argumentos falsos.
Derrida se sitúa, desde el punto de vista del Materialismo Filosófico, entre aquellos que incurren en un monismo reductor, en un monismo axiomático de la sustancia (“todo es texto”), de modo que todo queda limitado, convertido y jibarizado en un único elemento, el texto, cuya fenomenología son formas, palabras, lenguajes, culturas, comunicaciones, escrituras... Para Derrida todo es lenguaje, verbo, experiencia comunicativamente infinita, textualidad ilimitada, pero absurdamente, ya que los significantes no permiten objetivar significados comprensibles, estables, normativos o inteligibles. Con un planteamiento de esta naturaleza Derrida se iguala posmodernamente con la sofística de un Gorgias y su triple negación: nada existe; si existiera, no lo podríamos conocer, pues conocemos por palabras, no por el ser; y si lo conociésemos, no lo podríamos expresar, pues expresamos palabras, y no el ser. Este es el relativismo de Derrida, cual Gorgias de nuestra posmodernidad contemporánea, prestidigitadora, ilusionista y acomodaticia. 
Pero es que además, desde el punto de vista de sus consideraciones sobre el ser, es decir, sobre la materia, las declaraciones de Derrida son de un irracionalismo exacerbado. ¿Por qué? Porque incurre en una reducción formalista primogenérica, de tal modo que en su particular interpretación de la realidad todo se reduce a un corporeísmo lingüístico, es decir, a lenguaje. Pero se trata de un lenguaje muy especial, porque es un lenguaje del que el significado ha huido. En suma, Derrida reduce la totalidad y la complejidad de la vida real humana a una entidad lingüística que carece de sentido. El mundo ―o materia ontológica general (M)―, el noúmeno en la terminología kantiana, no existe en la retórica derridiana, mientras que, a continuación, el mundo interpretado ―o materia ontológica especial (Mi)―, el fenómeno según Kant, es una entidad exclusivamente lingüística y verbal, pero desposeía de valor significante. Derrida reduce el mundo interpretado o formalizado (Mi) a un solo y único género de materia, la denominada materia primogenérica o estrictamente física (M1), a la que dota de una forma lingüística cuyo contenido es ininteligible como tal, de modo que solo puede ser reemplazado por experiencias fenomenológicas y psicológicas procedentes de una materia segundogenérica o subjetiva (M2). El resultado es que la materia terciogenérica, de contenidos conceptuales y lógicos, resulta completamente desautorizada, negada y derogada. De este modo los escritos de Derrida exacerban toda posibilidad de reemplazar la Historia por el mito o la memoria, de reducir el conocimiento de la Literatura a una suerte de impresiones y reacciones fenomenológicas y psicológicas provocadas por la lectura de los textos, que resultarán isovalentes a las reacciones que pueda provocar un cartel de circo, la lista de la compra o un código de barras. Así es como la posmodernidad ha reducido la realidad a lenguaje ―la ontología especial a materia física (Mi > M1)― y el lenguaje a un erial en el que la sensibilidad emocional e ideológica ha sustituido y desterrado a la inteligencia científica y crítica  (M1 > M2). Porque es imposible, según Derrida, dotar de significados inteligibles a las formas del lenguaje (M3 = ø). A partir de este momento la ciencia no es posible, porque toda experiencia lingüística se disuelve en el formato de las ideologías.
La posmodernidad se sitúa además en los antípodas de la dialéctica, al postularse sobre una ontología equivocista en la que todo es isovalente, porque todo es compatible con todo, en una suerte de holismo armónico. Desde estos criterios la posmodernidad se niega a aceptar las diferencias dialécticas que separan a los miembros que la propia posmodernidad incluye en una misma categoría, como la mujer, el homosexual o el indígena, por ejemplo. No todas las mujeres son iguales, pues la princesa o la reina de un Estado, siendo mujer, poco a nada tiene en común con una asistenta doméstica o con una señora responsable de la limpieza de los urinarios de una Universidad.
Como teoría literaria, el Materialismo Filosófico se desarrolla metodológicamente a través de una dialéctica, es decir, no se presenta como una doctrina axiomática lineal y rígida, que procedente de principios revelados o empíricos, trata de descubrir el “fundamento de la realidad” sin dignarse a enfrentarse a otras alternativas. La teoría literaria así concebida nunca se presenta como una doctrina absoluta, hipostasiada, metafísica, sino materialista. La dialéctica que la teoría literaria materialista desarrolla metodológicamente exige explicar, desde sus propias coordenadas —y ahora sí para ejercer la crítica como una demolición—, toda posición que se presente como alternativa. No se deconstruye la razón —lo cual es imposible, salvo desde la fantasía de los mitos teológicos, metafísicos o posmodernos—, sino que se deconstruyen dialécticamente, desde presupuestos racionales, críticos, científicos, las razones de la postura contraria, poniendo de manifiesto sus sofismas ideológicos, su doxografía acrítica o sus incompatibilidades morales. Como teoría literaria, el Materialismo Filosófico no es una alternativa entre varias, es una alternativa contra otras alternativas. La crítica solo tiene sentido efectivo desde criterios definidos. La crítica literaria derivada de estos procedimientos dialécticos no podrá ser gremial, sino todo lo contrario: no argumentará desde la defensa de un lugar para el gremio, sino en contra de las posibilidades de legitimación científica de ese espacio ideológico y moral que se interpone como un obstáculo al desarrollo del conocimiento crítico, racional y humano. El objetivo de esta crítica literaria de fundamento materialista no es un objetivo teológico, moralista o de credibilidad —no dice al mundo por dónde tiene que dirigirse—; su objetivo es racionalista y crítico, para comprenderse formal y funcionalmente intercalada en el proceso del conocimiento. Como teoría literaria, el Materialismo Filosófico niega que pueda existir el consensus omnium o el holismo armónico de un mundo desposeído de interpretaciones enfrentadas de forma crítica y científica, al desarrollarse dialécticamente, y ejercer su reflexión sobre contradicciones e inconmensurabilidades fenoménicamente dadas en los materiales de la literatura, así como sobre incompatibilidades gnoseológicamente presentes en la interpretación de tales materiales literarios.



Términos relacionados



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Ejemplos literarios o documentales

       Cervantes: el discurso de la Edad de Oro de don Quijote (1605, I, 11).
       Quevedo: Sueños (1627).




Bibliografía

  • Véase la sección correspondiente AQUÍ.




2
Postulados fundamentales de la Teoría de la Literatura
(segunda parte)



Segundos postulados

Una Teoría de la Literatura Científica y Dialéctica: 
la Symploké







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