Fedro, “Esopo y el aldeano” (Fábulas III, 3)

Racionalismo y literatura

Velázquez, Esopo (1639)
Simultáneamente, la Literatura no se concibe, ni se expresa, ni aún menos puede interpretarse, al margen de la razón o logos. Es decir, que puede y debe explicarse mediante conceptos. El fin de la Teoría de la Literatura es demostrar que la Literatura es inteligible. Y por lo tanto racional, incluso cuando trata de reproducir situaciones, referentes o hechos irracionales, desprovistos de toda lógica aparente. 
La Literatura es racionalista incluso cuando simula no serlo. Porque la idea más perfecta de irracionalismo, absurdo o sinrazón, será siempre el resultado de un proceso racionalista que tipificará como no racional aquello a lo que se refiere o aquello que construye estéticamente como tal, desde una pintura surrealista hasta un poema creacionista. La idea misma de “Inconsciente”, diseñada por Freud, es profunda y deliberadamente racionalista, tanto como lo es la idea de Dios en Teología cristiana, aunque ni Dios ni el Inconsciente existan físicamente en ninguna parte. Se trata de un racionalismo idealista, no materialista, pero es racionalismo, aunque su fundamento material sea igual a cero, porque ni dios habita en los cielos, ni en ninguna otra parte, ni el inconsciente es un órgano físico del cuerpo humano, como lo es el hígado, los pulmones o los genitales (pese a la obsesionante filiación que Freud le impuso con estos últimos).
Obsérvese cómo en sus más tempranas manifestaciones la Literatura ya reinterpreta desde el racionalismo más crudo y audaz, y no menos cínico, cualquier planteamiento relativo a la superchería, la magia o la superstición. La siguiente fábula de Fedro habla por sí sola.

Un dicho popular afirma que el hombre experimentado es más sabio que el adivino, pero no se dice por qué; esta fábula mía lo contará ahora por primera vez. 
A un hombre que tenía rebaños las ovejas le parieron corderos con cabeza humana. Aterrado por el prodigio, corre preocupado a consultar a los adivinos. Uno le responde que aquello amenaza la vida del amo y que es necesario alejar el peligro sacrificando una víctima. Otro asegura que su mujer es adúltera y que el prodigio significa que sus hijos eran ilegítimos, aunque la cosa puede expiarse con una víctima más grande. ¿Qué más? Difieren entre sí con opiniones encontradas y agravan la preocupación del hombre con una preocupación más grande. Allí estaba Esopo, viejo de fino olfato, a quien la naturaleza nunca pudo engañar: “Aldeano”, dijo “si quieres evitar el prodigio, da mujeres a tus pastores” (Fedro, “Esopo y el aldeano”, Fábulas, III, 3, 2005: 122-123).

En consecuencia, la Literatura se concibe a sí misma como una construcción humana que existe real, formal y materialmente, y que puede y debe analizarse de forma crítica mediante criterios racionales, conceptos científicos e ideas filosóficas[1]. Como construcción humana, la Literatura se sitúa en al ámbito de la Antropología; como realidad material efectivamente existente, pertenece al dominio de la Ontología; como obra de arte, constituye una construcción en la que se objetivan valores estéticos, que exigen enjuiciarla, desde una Estética o filosofía del arte, en un espacio estético; y como discurso lógico, en cuya materialidad se objetivan formalmente Ideas y Conceptos, es susceptible de una Gnoseología, es decir, de una interpretación basada en el análisis crítico de las relaciones conjugadas —que no dialécticas— entre la Materia y la Forma que la constituyen como tal Literatura[2].

Jesús G. Maestro, Genealogía de la Literatura, 2012, pp. 61-62.



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Bibliografía




[1] De máxima pertinencia son aquí las palabras de Bueno, a propósito del Quijote, al definir la literatura como “una materia que puede y debe sin duda ser analizada mediante conceptos” (Bueno, 2005: 150). El lector debe tener en cuenta que el padre del Materialismo Filosófico considera que solo lo conceptual puede ser objeto de interpretación científica. Quiere esto decir que con tal declaración Bueno está reconociendo en la Literatura la existencia de una materia que ha de ser estudiada científicamente, es decir, interpretada como tal por una ciencia categorial ampliada, que aquí se identificará con la Teoría de la Literatura.

[2] Materia y Forma son conceptos conjugados (Bueno, 1978a), es decir, conexos internamente, e indisolubles, pues no pueden darse por separado ni autónomamente (como sucede con todos los conceptos conjugados: reposo / movimiento, espacio / tiempo, padre / hijo…) Conceptos conjugados son —según Bueno— aquellos pares de conceptos que mantienen una oposición sui generis, la cual no puede interpretarse como relación entre términos contrarios, contradictorios o correlativos, sino conjugados, es decir, como entretejidos o interrelacionados. La conjugación puede ser diamérica metamérica. Una conjugación diamérica supone que uno de los elementos del par puede considerarse como si estuviera fragmentado en partes homogéneas que quedan relacionadas a través del otro término del par. Diamérico (diá, a través de, y meros, parte) es un esquema de conexión entre dos conceptos conjugados (A / B), cuando éstos pueden fragmentarse en partes homogéneas (A = a1, a2… an, y B = b1, b2… bn), de modo que las relaciones entre ellos (A / B) se dan a través de las relaciones entre sus partes respectivas (an, bn), bien porque B es un resultado que segregan las partes de A, bien porque las partes bn soportan como un tejido intercalado las partes disgregadas de A. Metamérico (metá, más allá de, y meros, parte) es un esquema de conexión entre dos conceptos conjugados (A / B), que toman a éstos como todos enterizos, sin analizarlos en sus componentes o partes. Las relaciones metaméricas son holistas y globales. Las relaciones metaméricas son relaciones operatorias cuando entre dos términos hay yuxtaposición, reducción de un concepto a otro, fusión de dos conceptos en un tercero, o articulación de dos conceptos a través de una instancia independiente.

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